Por qué votaron como votaron los que votaron.
De vez en cuando la
vida
nos gasta una broma
y nos despertamos
sin saber qué pasa,
chupando un palo sentados
sobre una calabaza.
El resultado del 2 de junio me tomó por sorpresa. Me
sorprendió no tanto que la oposición hubiera perdido; me sorprendió y me sigue
sorprendiendo el enorme diferencial entre el primero y segundo lugares,
soportado por una enorme y también inesperada afluencia de votación.
No sabía quién sería la ganadora, pero si de algo estaba
seguro era que las diferencias serían pequeñas, si no mínimas, y que nos
enfrentaríamos a un largo, y muy incierto conflicto poselectoral.
Pero comencemos desde el principio. El proceso electoral del
2 de junio fue inequitativo por:
1.
El ilegal (e inmoral) uso de los programas
sociales como propaganda electoral. Esto lo vimos todos a diario y fue el
principal mensaje de campaña del partido del gobierno. Y aunque terminamos
normalizándolo, es un delito electoral.
2.
La ilegal y reiterada intervención del
presidente y los 3 niveles de gobierno de su partido en todo el proceso
electoral. Solo en videos disponibles, esto se encuentra documentado por miles,
confirmado por autoridades electorales.
3.
La presencia del crimen organizado en el
proceso, con su enorme poder económico, y en las llamadas zonas del silencio
con su poder total, honrando el acuerdo tácito con el gobierno actual: "el
narco ya eligió"... incluyendo la sumisión de autoridades y candidatos,
que tuvieron que ir a pedir permiso. Y para reforzar esta presencia, están los
más de 20 candidatos asesinados.
4.
La ilegal precampaña electoral organizada por el
partido del gobierno -y encabezada nada menos que por el presidente- a su
candidata desde no meses, sino años antes del proceso, cínicamente disfrazada
de cualquier ocurrencia partidista. ¿Se acuerdan de las decenas de giras y
eventos?
5.
El abierto acarreo de votantes, la compra de
votos que llegaron a superar los $1,000 pesos, el acopio de credenciales, las
presiones laborales a burócratas, y otras prácticas delictuosas, todas ellas
claramente tipificadas en la ley de delitos electorales, y que mucha gente ve
ya como parte del folclor del domingo de elecciones. A estas últimas prácticas,
-hay que decirlo- le entraron todos los contendientes.
Todo esto incidió en la equidad de la contienda, es decir,
afectó el resultado de la votación. En un país con democracia plena esto sería
un escándalo, y causal de anulación total y expedita del proceso: tendría que
repetirse. Pero no creo que aquí en México nuestras autoridades
jurisdiccionales, es decir los señores jueces electorales que califican la
elección, se atrevan a tanto.
Y es que tenemos por otro lado el diferencial de votación.
En las circunstancias del México actual una ventaja menor al 10% entre el
primer y segundo lugar en la elección hubiera generado en automático un
atrancamiento de posiciones y un larguísimo conflicto poselectoral casi seguro
violento, el cual yo preveía como un escenario ineludible. Pero la ventaja no fue del 10, ni del 15 ni
del 20%; fue nada menos que del 30%, una sorpresa probabilística.
Y ese enorme 30% de diferencia evidentemente no se explica
nada más por todas las trampas, triquiñuelas y acarreos mencionados.
Y no se explica, desde luego, con un supuesto fraude en las
votaciones, gracias a los mecanismos de votación democrática que se diseñaron
durante décadas para evitarlo:
En términos generales los votos de esta elección fueron
emitidos por mexicanos reales que llevaron su credencial de elector a las
casillas y votaron en libertad, al menos en ese momento dentro de la casilla.
No hubo fraude por que nuestro sistema de casillas y conteo de votos es sólido:
son nuestros vecinos los que cuentan los votos y todo mundo puede confirmar el
resultado, checando la casilla de su calle, contra lo publicado por el propio
INE.
Dicho lo cual, si bien hubo un cúmulo de irregularidades que
deberán ser denunciadas formalmente por los partidos, la enorme diferencia del
resultado electoral hace improbable que, aun probándose estos delitos, se anule
la elección presidencial.
En mi opinión hubo suficientes votos válidos depositados en
las urnas como para afirmar que Claudia Sheinbaum será la presidenta de nuestro
país, con el mayor respaldo electoral de la historia de México.
Me congratulo de la primer mujer presidenta de mi país,
sueño de muchos que, como mi mamá, trabajaron toda su vida para lograrlo. Tal
vez sea ésta hoy, la mejor noticia para México: muchas niñas -y niños- crecerán
a partir de esta fecha histórica con otro chip.
Me congratulo también que México no esté sumido hoy en un
terrible conflicto político, y si en cierta normalidad institucional, donde los
que ganaron deberán honrar sus promesas, y los que perdimos deberemos
reflexionar que chingados pasó. O donde nos encontramos parados.
En mi caso aún más: como profesional de la opinión pública
me encuentro consternado por lo sorpresivo de los resultados, que como he dicho
preveía muy distintos. Si bien ni hago
encuestas ni dependen de mis conclusiones consecuencias directas, reconozco la
necesidad de revisar -una vez que estoy convencido de la validez de la
votación- de qué manera se conformó el voto ganador, y saber por qué votaron
como votaron los que votaron.
Busquemos dónde están esos votos.
El primer lugar a buscar, sería en el voto duro del partido
del gobierno: los beneficiarios de programas sociales: La mayor apuesta social
y a la vez política del grupo en el poder: un beneficiario de dinero en
efectivo equivale a un voto. Si bien esto es inmoral e ilegal, es tal vez el
principal componente del voto al partido del gobierno: si hay algo claro en
esto es la simbiosis entre los padrones de votantes y los de beneficiarios de
programas sociales.
Pues bien, si sumamos a todos los mexicanos beneficiarios
directos de programas sociales y
asumiéramos que todos votaron por la coalición ganadora -lo cual es desde luego
imposible- no nos dan las cifras: si bien este componente es sin duda el
mayoritario, aún así nos faltan algunos millones de votos.
Cuántos de estos pudieron ser fruto de compra, coacción,
amenazas, o engaños de todo tipo.
Muchos seguramente. Miles, cientos de miles tal vez.. Pero ¿millones?
No. Si se hubieran comprado, vendido o amenazado votos por millones, sería un
escándalo visible con miles y miles de evidencias. Lo hubo, hay evidencias,
pero no fue generalizado. Así que nos siguen sin dar las cifras; nos faltan
varios millones de votos.
14 millones de jóvenes (hasta 24 años) eligieron por primera
vez en su vida al presidente. A reserva de ver estudios más acuciosos, los
primeros datos indican que este sector poblacional fue de los que menos se
sintió identificado con la propuesta de la candidata opositora, y a la vez fue
la mayor fuente de votos para el candidato que resultó tercer lugar. Con eso y
todo, la candidata ganadora obtuvo un sólido 60% de los votos de todos los
sectores de edad, viejos y jóvenes.
Buscando más en los datos demográficos del votante, El País
publicó que si bien la candidata opositora tuvo mejor aceptación en sectores de
mayor ingreso (Más de 50,000 pesos mensuales) la mitad de ese sector
poblacional apoyó a la candidata oficial. En otras palabras, votaron por ella
los pobres pero también los ricos, y esto es un dato relevante.
En cuanto a situación laboral los datos son más
interesantes: la candidata ganadora fue más apoyada por amas de casa y
trabajadores del sector privado, que por los mismos burócratas de su propio
gobierno. Según estos datos la base social de voto ganador es amplísima y
transversal. Solo el sector de los empresarios, desempleados y profesionistas
independientes apoyó en forma previsible a la oposición; pero su alcance
poblacional es muy minoritario, porque solo valen un voto, por muy empresarios
que sean.
La candidata
Abusando un poco de términos drásticos, la imagen de la
candidata de oposición sufría un diferendo de opiniones: Su equipo y apoyadores cercanos opinábamos
que era genial, pero para muchos sectores del electorado ajeno resultó muy
negativa, casi impresentable. Eso lo confirma no solo el resultado electoral,
sino algunas encuestas de imagen y seguimiento.
Lo que muchos celebraban como frescura, y franqueza en la
candidata, a otros tal vez les daba pena ajena.
Xóchitl Gálvez tuvo sus aciertos y errores como
candidata. Como persona conozco su
honestidad, su rectitud de bien, su carácter alegre y energético que estoy
seguro le sirvieron muchísimo, y su probada capacidad profesional, empresarial,
de gobierno y en política. Fuimos todos testigos de su valor y generosidad para
echarse encima la responsabilidad y representación de medio México, cuando ya
no había mejor posibilidad. (A ese
patético estatus llegó la oposición en México, pero eso no era culpa de
Xóchitl, que ni militante es)
Xóchitl Gálvez partió de menos de 20% de conocimiento y
varios años de desventaja en campaña que su contrincante, y pasó a superar el
90% en pocos días. Ella y su equipo
cercano debieron haber hecho un enorme esfuerzo y sacrificio estos meses y solo
puedo reconocer su generosidad y patriotismo. Estoy seguro de que a Xóchitl la
movió su amor a México y nunca el interés personal.
Pero considero que esta oferta, esta unión de una persona
con un proyecto, para ser presentada al país a modo de una narrativa creíble, no
tuvo la mejor fortuna, por decirlo suavecito.
Xóchitl no tenía desde luego un liderazgo secular y muchos
de sus apoyadores vimos siempre en ella al instrumento de un sector del país
para rectificar las cosas en México, independientemente de la persona. En otras
palabras, la candidata Xóchitl podría tener aciertos y errores, pero ese no era
el problema. El problema era que México se enfrentaba a una disyuntiva terrible
donde el orden constitucional y los contrapesos entre los poderes están en
peligro, y que dado el riesgo lo importante era ponerle cara a la oposición y
aglutinar todo en torno a ella. Xóchitl podría tener errores, gracejadas, o insuficiencias,
podría no plantear una propuesta realista o al menos creíble de país; pero eso
no importaba: importaba que ella sería una gobernante inteligente que sabría
escuchar y hacer equipos y salvar al país de la dictadura. Solo hay de dos
sopas, decíamos, con melón o con sandía; democracia o dictadura.
Pues eso pensábamos nosotros, pero gente menos enterada de
estos temas, gente joven (apenas 14 millones), no muy interesada en política,
no solo no tiene la menor idea de quien era Xóchitl, sino que tal vez no aceptó
eso de democracia o dictadura; le pareció tal vez gritos de viejitos. No vio en
la campaña de Xóchitl una narrativa creíble, que atendiera sus inquietudes
inmediatas, que poco tienen que ver con los pesos y contrapesos del poder. Esta
juventud no sabía -ni le importaba- que Xóchitl había sido (hace décadas) funcionaria
comprometida, alcaldesa eficaz cercana a la gente, política que no defendía
cuotas ni cuates, ni nada de eso, no hubo tiempo de manejar esa información, y
cuando la conocieron, les cayó mal. Lo
que podríamos aplaudir como frescura, otros podrían interpretar desfachatez,
estilo casual con fodonguéz, hablar claridoso como grosería.
Pero la persona de Xóchitl fue el menor de los
problemas. La candidata opositora nunca
se desligó de lo que era su más obvio lastre: Los partidos y dirigentes políticos.
Situados por todas las encuestas en la escala más baja del aprecio del público,
los jefes partidistas no solo no se hicieron a un lado, sino que permanecieron
en los estrados, en los mítines, y -horror de horrores- en los spots de los
medios. Cada vez que el logo del PAN, PRI o PRD aparecía junto a la candidata,
cada vez que los rostros de los dirigentes de los partidos salían en la tele, y
así repetido hacia abajo con todos los candidatos a todos los puestos federales
y locales del país, era un mensaje negativo contundente. Las encuestas ahí
estaban desde antes de la campaña.
Estos son los votos más difíciles de encontrar: Creo que
mucha gente que tradicionalmente votaba por el PAN, por el PRD, o alguna otra
alternativa, sin estar muy metida en política -pocos lo están- no entiende
mucho de estado de derecho, de orden constitucional o de pesos y contrapesos
del poder, del INE independiente, y no le llega eso de democracia o dictablandas,
por lo que la decisión de su voto en 2024 no era tan obvia como para muchos de
nosotros si lo era.
Gente de 30 a 50 años, que tal vez votó a Ricardo Anaya en
2018, no encontró ningún argumento de peso -ya no digamos novedoso- para apoyar
un proyecto tan desgastado y poco convincente, con los mismos políticos, cada
vez más cínicos y con más cirugías faciales, y con una señora rara. En resumen, la oposición como sistema de
partidos distintos al oficial no pudo plantear al electorado una historia convincente,
por lo que no creo que éste haya dudado mucho para apoyar la corriente que
apuntaba mayoritaria; ante la disyuntiva era más cómodo con su conciencia.
Y lo último, ya me faltan algunos pocos votos para
encontrar: creo que hubo también gente
que aun siendo conocedora del tema y de la política, y sabiendo de democracia y
de separación de poderes, y conociendo las intenciones del régimen al
respecto, aun así la persona de la
candidata opositora, en particular por su apalancamiento con los partidos y
dirigentes políticos y todo lo que esto representan le pareció de tal forma inaceptables, que aun
así, votó por la candidata ganadora, con todo conocimiento de causa.
En pocas palabras, los votos que eran más difíciles de encontrar resultaron estar más cerca de lo que nosotros pensábamos. ¿Ya revisaron la votación de su casilla? Aún en “bastiones de la oposición” como era mi caso, el voto en favor del partido del gobierno en la casilla que me toca subió notablemente de 2021 a 2024, es decir que esa votación creció debajo de nuestras narices; incluso dentro de nuestras propias casas.
Inconclusión:
Esto es apenas una primera reflexión sobre el significado de
la revolución del 2 de junio de 2024, una votación más relevante -a mi modo de
ver la historia-, que la de 2018, y de la magnitud tal vez de las votaciones
del 2000. Pasado el shock inicial quise verter, más que reflexionar, mis pensamientos
sobre el entorno en que se desarrolló el proceso, y sus resultados y el perfil
del votante; una tímida respuesta a los porqués.
Perdimos, y feo. Y lo
más triste del caso es que una apabullante mayoría democrática no tiene
necesariamente la razón: con la consolidación del régimen de la 4T hemos
entrado a una época ominosa donde la democracia, el orden constitucional y los
contrapesos entre los poderes de nuestro país, tal como los conocemos, están en
claro peligro, tan tangible como la letra de las iniciativas de reforma
constitucional que ya han sido presentadas, y que el presidente actual pretende
sacar en pocos meses.
Yo he participado en política desde hace 40 años. Las más de las veces perdiendo que ganando. Participaba en política cuando mi partido daba lástima -o ternura- en el entorno nacional, me tocó invitar y capacitar a gente nueva que a la larga impulsó al partido y así décadas después pude celebrar los primeros triunfos municipales, estatales, y en el año 2000, la presidencia. Yo ayudé a construir la democracia en México. Ya no milito hace muchos años, pero mis preferencias siempre estuvieron asociadas a la ideología cada vez más olvidada de ese partido.
Por eso, aunque mucho me afecta una derrota tan inesperada, tan dolorosa, tan sorprendente, se que esto no es el fin. Para nada. Pero creo también que la lucha ha cambiado, y eso es mas importante que una derrota.
De joven cantaba fervientemente en el himno partidista “los
tiranos temblarán, al oír nuestro pregón” y me la creía. Pensaba que la
política era una lucha del bien contra el mal, donde nosotros éramos los
buenos, desde luego, y malos todos los demás.
Si bien eso pudo ser valido para la lucha democrática, para la
lucha contra la tiranía, no lo es tanto cuando en política se trata de proponer
o imponer visiones distintas del país, visiones de la vida, o de la sociedad, visiones validas
tanto unas como otras. Las motivaciones
de otros -el sentido de su voto, por ejemplo- podrán parecerme equivocadas, desinformadas y
lamentables, pero para el otro podrán ser tan válidas y tener tanto sentido
como las mías. Y ahí no hay buenos ni malos. Ahora no hay buenos ni malos. Para acabar pronto y dejar dicotomías: todos somos malos.
Se avecinan años de un país con serios retos físicos, económicos y sociales. Habrá tropiezos, complicaciones y desencuentros entre mexicanos. Todos, -yo por delante- deberemos enfrentar lo que viene con entereza y rectitud de bien, para lo cual nos toca ahora una buena dosis de reflexión -personal en primera instancia, ya luego se pueden hacer grupos de tres- y de esa reflexión podremos obtener aprendizajes que nos permitan sacar la cabeza de nuevo, y caminar hacia donde quiera que hayamos decidido hacerlo. Pero de que hay que caminar, hay que caminar.
En lo personal, como especialista sorprendido, conoceré más el
sentido del voto, estudiaré a la gente detrás de la urna; en síntesis, aprenderé al país
que creía conocer tan pomposamente. Y una vez aprobado el examen básico de
dicho conocimiento, podríamos entonces plantearnos a mediano plazo, qué
alternativas seguir. El faro ideológico es claro: democracia electiva y como forma de
convivencia, estado de derecho, inclusión; iniciativa, solidaridad,
subsidiariedad, dignidad y bien común. Eso es lo fácil. Lo difícil es el caminito.
Esto no es el acabose, -dice Mafalda- es el continuose del
empezose.